Dejé que te me escribieras en cada rincón de la piel y hoy tengo que incinerarme, calcinarme hasta el hueso, destrozar cada resquicio que queda ahí, menguante, acuciante, infinitamente intolerable, doloroso, monstruoso; dejé que hicieras nido y pusieras tus infecciosos huevos entre mi carne y hoy tengo que desmembrarme y desmenuzarme, buscar entre los músculos y los tendones, cada pequeña porción de ti y fumigarme hasta las entrañas; te permití vivir bajo mi cabeza y teñir mi cerebro, mis membranas que hoy se llenan de pus, pura materia gris en plena descomposición y tengo que arrancarme el cabello a mechones, con fuerza, gritando, y salir de mí y entrar en mí; y dejé que
pasaras noches en mi cama, bajo mi sexo y dentro de mí, mil veces y ahora tengo que eliminar todos los restos de semen y de
todos los
nauseabundos fluidos que hoy no me dejan
pegar pestaña en la noche y
siento
cucarachas corriendo y haciéndome cosquillas bajo las capas más profundas de la piel
y la sangre se me pone
espesa
y avanza
cada vez más lento y mi corazón
(músculo)
se atrofia y encima de todo va
un cigarro tras otro y el humo que me llega hasta el pie y se devuelve, me llega hasta el pie y se devuelve;
la revisión de mí es exhaustiva y minuciosa.
Quiero hacerlo de una vez y bien, aunque el dolor me lleve al borde (¿Al borde?) del precipicio y se mofe de mí tan agudo que perfora los tímpanos, como la música que dejaste, como tus gritos que desgarran gargantas frágiles, ojos frágiles, cataratas infinitas.